DE LOS LLANOS AL ALTIPLANO

"¿A Antofasgasta en bicicleta? ¡Imposible!”. Con esa contundencia el empleado de turismo de la ciudad catamarqueña de Belén sentenció nuestra consulta sobre el estado y las condiciones del camino que pensábamos tomar. Después de unos días atravesando las sierras de la llamada “costa” riojana –los pueblos en las faldas de la sierra de Velazco– y sufriendo el sofocante calor de la zona árida entre esa sierra y Belén, nos habían entrado dudas acerca de la factibilidad del recorrido que habíamos planificado. Se anticipaba una subida tremenda (y ya teníamos la experiencia de las grandes cuestas en tándem, mucho más difíciles que en la bici individual), malos caminos de ripio, mucho sol y ninguna sombra, escasa agua, poca comida, pueblos distantes entre sí, en fin, condiciones nada fáciles. La otra alternativa era seguir por una ruta más habitual, la de los Valles Calchaquíes, y dejar la dificultad extrema para la subida al Abra del Acay, ya en Salta.

Pero no nos decidíamos. Así que fuimos a la estación de ómnibus y consultamos a los choferes de la empresa El Antofagasteño, que hacen el recorrido que anticipábamos difìcil dos veces por semana (aunque vuelven desde Antofagasta y no siguen hasta San Antonio de los Cobres, como era nuestra pretensión) y son el único transporte público que sube por esa ruta. Consultados, no se mostraron muy optimistas, aunque tampoco se lo tomaron como una completa locura. “Hay asfalto hasta El Peñón, con pedazos de ripio, mucho serrucho, nada de sombra”, confirmaron. “Por ahí se pueden tomar el agua de la Difunta Correa”, una posibilidad sobre la que habíamos estado charlando pero que a Karina no le agradaba nada.

A pesar de todo, el informe de los choferes nos animó a seguir y abandonar las dudas. Fraccionaríamos la ruta en etapas no muy largas, con paradas planificadas donde sabíamos que había hospedajes o condiciones para quedarse, lo que además nos permitiría ir adaptando el cuerpo a la altura poco a poco, e ir subiendo sin agotarnos. Serían cinco etapas hasta el pueblo del altiplano catamarqueño. Después de un día de descanso en Belén, última ciudad de cierta consideración que veríamos hasta llegar a Salta, estábamos listos para emprender el viaje. Compramos provisiones, cargamos mucha agua y salimos hacia Puerta de Corral Quemado, la primera parada rumbo a Antofagasta.

LA RIOJA
Los días en La Rioja, antes de llegar a Belén, habían sido de readaptación al tándem, que no usábamos desde hacía dos años, cuando terminamos un breve viaje por Uruguay que hicimos un par de meses después de regresar de la vuelta al mundo. Nuestra sufrida bicicleta necesitaba algunas reparaciones, pero, como habíamos decidido este nuevo viaje medio a las apuradas, las hicimos en forma parcial con un mecánico de la bicicletería La Esquina: reforzar las soldaduras que se habían debilitado en el final del gran viaje, cambiar maza y eje pedalero delanteros (tendríamos que haber hecho lo mismo con las piezas traseras), agregar un par de portacaramañolas más, para aumentar la capacidad de carga de agua (una medida que resultó muy pertinente), y algunos otros detalles. También teníamos nuevas alforjas, las afamadas Ortlieb, de origen alemán, y descartamos llevar el trailer.

Después de bajar del avión en el despojado aeropuerto de La Rioja y desembalar el tándem (en el aeroparque porteño nos hicieron embalar el tándem de forma inverosímil, luego de que una burócrata de Aerolíneas se emperrara en “proteger de la bicicleta a los demás equipajes”), fuimos hacia la ciudad capital de la provincia. Llegamos al centro en plena hora de la siesta, y huimos del único bar abierto, y de la propia ciudad, después de tener que soportar la conversación metida de un viejo fascista que reivindicaba a Videla y el resto de los genocidas. Por culpa de, o gracias a este individuo, nos fuimos de la ciudad sin casi conocerla, y encaramos hacia las afueras buscando un camping. Empezamos a subir por la ruta de la sierra y no paramos hasta casi 20 kilómetros más adelante, cuando encontramos el camping sirio-libanés.

Al día siguiente, continuamos hasta Villa Sanagasta, donde nos quedamos ante un clima que amenazaba lluvia. La primera etapa larga la hicimos bordeando los pueblos de “la costa”, superando dos cuestas importantes, la de Sanagasta y la de Huaco, y llegando a los 1.500 metros de altura. Bastantes desde los poco más de 400 de La Rioja.

El calor se hacía sentir. A la tarde llegamos a uno de los pueblos más nombrados en los años 90, Anillaco. No hace falta decir que se trata del lugar de nacimiento y actual residencia de Carlos Menem. La presencia del ex presidente se siente por todos lados, evacocadas por nombres de calles; la casa de regionales El Caudillo, que tradujeron como “The Commander”, con numerosas fotos de Carlos Menem en las paredes del local; el insólito jardín de infantes con el nombre de Carlos Menem Jr., aparentemente prócer de la educación infantil anillaquense; hasta “la Rosadita”, la residencia que hoy ocupa el ex mandatario. Lo que no pudimos ver es la laguna artificial en que, según un vecino de Sanagasta, Menem guarda al “viborón”, fantástico ser que le daría un poder demoníaco.


Saliendo de Anillaco la ruta vuelve a bajar hasta Aimogasta, a donde llegamos muy temprano gracias al alto promedio de velocidad que pudimos hacer. Al mediodía estábamos en Alpasinches, desde donde se toma la ruta 40 que atraviesa el páramo desolado hacia las localidades catamarqueñas de Londres y Belén. En Alpasinches estuvimos un par de horas bajo la sombra de unos árboles de la plaza, que nos protegieron del sol destructivo del mediodía, mientras esperábamos que en el pueblo finalizara la hora de la siesta. Cuando sucedió, no encontramos un lugar con alojamiento (no queríamos armar la carpa), así que decidimos hacer unos kilómetros en dirección contraria a la de nuestro destino del día siguiente, hasta llegar a Salicas, donde nos informaron que había una hostería.

Pero no había nadie en la hostería, y desde un auto una mujer nos llamó para invitarnos a su casa. La amable familia nos dejó descansar en una de las más lindas casas del pueblo, desde la que a la mañana bien temprano debimos salir para intentar el cruce del desierto que nos internaría en Catamarca.

Esa etapa fue la más difícil hasta ese momento. Fueron 85 kilómetros en leve subida con una temperatura de más de 45º, que nos hizo consumir toda el agua (unos 6 litros) en pocas horas. Unos 20 km. antes de llegar a destino estábamos racionando lo que quedaba en la última botella: un poco de líquido, que estaba tan recalentado que parecía salido de un radiador. Por suerte, pudimos parar a un camión que nos dio tres botellas de agua fresca. Gracias a eso llegamos bien a Londres, el pueblo de curiosa denominación británica que alberga en sus cercanías las extraordinarias ruinas incas de Shinkal. Distante a solo 15 km. de Belén, es el primer pueblo de la provincia de Catamarca que visitaríamos.

SUBIENDO A LA PUNA
El
camino que se desprende de la ruta 40 en la localidad de El Eje (no más que eso, dos casas y una solitaria estación de servicio en el eje entre las dos carreteras), se interna en un paisaje que ya se nota solitario y fantástico a la vez. Paredes de montañas erosionadas y escasísima vegetación rodean la ruta en los primeros diez kilómetros hasta Puerta de Corral Quemado. Se sube levemente pero en forma constante.


En Puerta de Corral Quemado hay un modesto hospedaje donde pasamos la noche. Como preveíamos más subida de la que efectivamente hubo, la siguiente etapa la hicimos corta, hasta Barranca Larga, donde estaba lo que todos los datos mostraban como la única oportunidad de conseguir albergue antes del gran ascenso a la Puna. Saliendo del pueblo, había unos diez kilómetros de un asfalto cada vez más precario, y luego, ripio malo. El fuerte sol nos acompañó todo la jornada.

La ruta era más de arena y piedras que de tierra, y había que elegir cuidadosamente por dónde andar para que las ruedas no se hundieran en la superficie. Así pasamos el pueblo de Villa Vil y llegamos, al mediodía, a Barranca Larga, donde decidimos quedarnos en la Hostería Pirucha, después de escasos 36 km. La hostería no era cara pero, como parece ser la costumbre, nos fajaron con la comida. Al otro día empezaba lo bravo.

Efectivamente, la etapa siguiente fue una de las más duras. La ruta era peor todavía y subía más fuertemente. A los 12 km. llegamos por fin al recomienzo del asfalto. Había un campamento de vialidad donde nos dieron agua e indicaciones sobre el resto del camino. Allí empezaba la cuesta de Randolfo, de sólo 7 kilómetros pero de pendiente muy fuerte. Para colmo, Karina se sentía muy mal porque le había caído pesada la cena del día anterior, y sufrió dolores de estómago todo el día. Tuvimos que parar dos o tres veces por esa razón, en medio de un paisaje de montañas con gruesas capas de arena en las laderas. El día estaba, por fortuna, nublado.

Después de una hora de lento ascenso llegamos a la cima, superando por primera vez en el viaje los 3.000 metros sobre el nivel del mar. Ya estábamos en la puna.

El paisaje del otro lado era de una belleza inimaginada. Después de una breve bajada nos adentramos en una planicie veloz, ayudados por un fuerte viento de cola. Entramos a la Reserva Provincial Laguna Blanca, y apenas pasamos el primer cartel empezamos a ver vicuñas. A la tarde habíamos llegado al cruce al pueblo Laguna Blanca, un camino de tierra y arena por el que nos internamos. Fueron 17 kilómetros bastante difíciles hasta llegar a un pueblo pequeño, con una comunidad de pastores que explotan la lana de las vicuñas. En el pueblo hay un museo mantenido entre la gente del lugar y la Universidad de Catamarca, un criadero de llamas y vicuñas y un ambiente muy agradable que aprovechamos para descansar un día y esperar que Karina se recuperase. Desde allí serían ya sólo dos días hasta Antofagasta; el primero se anticipaba difícil, con una gran subida hasta el paso de Pasto Ventura, donde según decía todo el mundo, comenzaba la bajada que llegaba hasta la ciudad.

La etapa en cuestión fue efectivamente difícil. Primero, los 17 kilómetros arenosos y con serrucho hasta la ruta asfaltada. A mitad de camino nos encontramos con la máquina de vialidad que venía alisando la ruta, lo que nos permitió llegar hasta el pavimento sin tener que bajarnos de la bici a empujar cada 200 o 300 metros. Luego, empezó una subida interminable, que duró 28 kilómetros, desde los 3.200 metros hasta los casi 4.000 del paso de Pasto Ventura. Una gran apacheta, el amontonamiento de piedras y ofrendas con que los pobladores, desde tiempos prehispánicos, rinden homenaje a la Pachamama en todos los pasos de altura, mostraba la cima.


Sin embargo, después de una veloz bajada de algunos kilómetros, en el verdadero lugar llamado Pasto Ventura (una casa solitaria cerca de una vega o humedal), empezaba una nueva subida que nos llevó, 7 kilómetros después, a una nueva cumbre aun más alta que la anterior. Esta vez sí hubo bajada y el camino se desplazó velozmente a un paisaje volcánico, de cumbres de laderas suaves y de distintos tonos de grises y marrones, hasta convertirse en una recta en descenso que culminó en una arboleda lejana, el pueblo de El Peñón.

El último día, los 65 kilómetros restantes hasta Antofagasta dela Sierra, no tuvieron grandes subidas, pero el asfalto se terminó a los 10 kilómetros, para dar paso al camino más espantoso que habíamos transitado hasta el momento. Un terrible serrucho (en Antofagasta nos lo nombraron como “costillar”, otra figura muy eficaz para describirlo) nos hacía saltar sin posibilidad de escape, con arena o grandes piedras. Algunos manchones de asfalto (una capa de impermeabilización para asentar la ruta para una pavimentación que nunca se realizó, ya casi completamente destruida) nos permitían por tramos avanzar de forma un poco más rápida y cómoda. Cruzamos partes de grandes bloques de roca y ceniza volcánica, sin una sombra y un sol calcinante, como era la norma casi desde que empezamos el viaje.

Por fin, llegamos a una laguna que albergaba patos y flamencos y, al fondo, Antofagasta de la Sierra. Al final, no era imposible.

Ver las fotos de esta primera parte del viaje, desde La Rioja a Antofagasta de la Sierra.

LA RUTA COMPLETA ENTRE LA RIOJA Y SALTA


Ruta en bici 813902 - powered by Bikemap 
No hay ninguna entrada.
No hay ninguna entrada.